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de la muela, traiéndolos hácia s, al bajar, y haciéndoles girar sobre s, mismos ya en un sentido ya en otro con el auxilio de los pulgares, y cuidando para favorecer este movimiento de rotacion, de tenerlas en una direccion algo oblicua con relacion al plano de la muela. De este procedimiento resultan las puntas agudas sin filo y bien redondeadas, y hechas estas en uno de los dos estremos, se pasa á hacer del mismo modo las del otro (*),

3? Corte de los trozos por longitudes de un alfiler. Mientras que los trozos conservan bastante longitud para poderse agarrar con la mano, el trabajador destinado á cortarlos toma un puñado que presenta á una cizalla dispuesta á este efecto. Antes de hacerla obrar, ha de tener cuidado de que todas las puntas se hallen en un mismo plano vertical paralelo al filo de la hoja fija , lo que se consigue por medio de una hoja de hier

( * ) La operacion de apuntar es muy perjudicial á la talud de los trabajadores. Las muelas con que trabajan sacan de los alfileres, ademas de las gruesas particulas de metal que se escapan bajo la forma de un conjunto de cohetes , una limadura de cobre muy fina que se desparrama en el aire, y ,cuya respiracion por la nariz ó la boca no pueden evitar, á pesar de la mascarilla de vidrio que les cubre el rostro. Este polvillo de cobre desciende al pecho por la traqueartela , se prende en él, se descompone y destruye muy pronto la salud, de donde procede que los apuntadores tienen casi siempre las encias y los dientes de un color negro tirantea verde. La limadura se agarra tan fuertemente á la cara que es imposible el quitarla. Los que no son de una constitucion muy robusta mueren atacados del pecho y prematuramente: todos están precisados á dejar esta ocupacion cuando llegan á la edad de cuarenta ó cincuenta anos , y desgraciados de los que la necesidad obliga a permanecer mas tiempo, casi todos perecen antes de poco tiempo. Los ingleses han conseguido precaver este funesto efecto por medio de imanes que atraen continuamente las limaduras , y de ventiladores que las arrojan lejos de los operarios al traves de los conducho* practicados á este objeto. El ¡man no parece ser aqui de ninguna utilidad , pero una corriente de aire bien dirijida y escitada por un ventilador seria probablrroeut« bastante para sanear estos talleres.

ro batido colocada á distancia conveniente para determinar la longitud de los alfileres. Vuélvense al apuntador los trozos que no tienen puntas por haber sufrido el corte, y cuando estos por último no contienen mas que dos alfileres, y que por lo tanto es menester cortarlos por medio, se sugetan en una especie de caja de hierro con una cuña , lo que permite presentarlos á la cizalla. Los trozos asi apuntados quedan con unas pequeñas aristas y aspereza ocasionada por la cizalla, que es sin embargo favorable para contener y asegurar las cabezas.

4? Torcedura del hilo para formar las cabezas. El hilo de laton que se destina á formar las cabezas es mas delgado que el de los alfileres. Se enrosca en forma de hélice sobre una aguja como los tirantes de pantalon , en una longitud de 5 á 6 pies y con auxilio de un torno pequeño que á este efecto se construye, (v. T,Rantes).

5? Corte de las cabezas. Un hombre sentado en el suelo con las piernas cruzadas, toma en una de sus manos una docena de estos enroscados, que presenta por uno de sus estrenaos bien igualados á la accion de una cizalla, cuyo brazo superior maneja con la otra mano quedando fijo el inferior y observando el no cortar mas ni ménos de dos vueltas del hilo, en el concepto que la cabeza será defectuosa siempre que esceda ó no llegue á este límite. Esta operacion es tanto mas difícil en cuanto no tiene otra guia que la precision de la ojeada y una grande práctica. Un trabajador ejercitado en este trabajo no corta ménos de doce mil cabezas por hora.

6? Recocer las cabezas. Se las debe recocer para ablandarlas y hacer mas fáciles los golpes que han de

sufrir. Para esto se sirven de una gran cuchara de hierro, que se llena de cabezas y se enrojecen en un brasero, é inmediatamente se templan en agua fria; el temple produce sobre el cobre un efecto inverso al que produce sobre el acero. 7o Golpear y labrar las cabezas. Como esta operacion no tiene nada de penoso se ejecuta por mugeres y niños, por medio de unos mazos pequeños fijos en los lados de una mesa cuadrada ó exágona, establecida aisladamente en lo interior de una pieza muy clara. Cada trabajadora, sentada en un banquillo frente á su mazo con los dos antebrazos apoyados en unas planchetas prolongadas hácia afuera y á nivel de la mesa, maneja el mazo con uno de los pies por medio de una contra y una palanca correspondiente, colocada en lo alto sobre los travesaños superiores de la mesa. El mazo, cuyo peso es de 2 á3 libras, tiene á derecha é izquierda dos pequeñas orejas abiertas con agujeros verticales por los que pasan dos barretas de hierro fijas solidamente por arriba y abajo, y sirven de guias al mazo, asi como una espiga que saliendo del medio del mazo va á pasar por un agujero correspondiente abierto en el travesaño superior, que une los pies verticales que se levantan en cada ángulo de la mesa. En lo alto de esta espiga hay una maza de plomo de forma esférica ó cilíndrica y de 10 á 11 libras de peso. La cabeza del mazo contiene una concavidad de hiérro en la cual está encajada una pequeña matriz de acero abierta de una cavidad hemisférica que pueda contener la mitad de la cabeza del alfiler; debajo debe haber un ayunque pequeño, sobrepuesto en él un útil semejante, abierto tambien de una cavidad igual, á la que conduzca una pequeña regata ó canaleta practicada en el mismo útil para recibir el cuerpo del alfiler, que sin esta precaucion se aplastaria. Estas dos cavidades sirven para estampar las cabezas, y es claro que deben corresponderse exactamente para que estas queden bien formadas. Cada trabajadora debe tener tres escudillas de madera ó bolsas de cuero, de las cuales una estará llena de hilos de hierro ólaton apuntados, otra de cabezas, y la tercera para meter los alfileres ya encabezados. Con una mano y sin necesidad de mirar, enfila los hilos de hierro en las cabezas; con la otra los coloca en los huecos ó cavidades del ayunque, y con el pie, como ya hemos dicho, maneja el mazo, cuidando de volver el alfiler al mismo tiempo, para golpear bien la cabeza por todos sus puntos. Bastan cinco ó seis golpes de mazo para cada cabeza, de donde resulta que uno que dé ciento veinte ó ciento treinta golpes por minuto, hará unos veinte y cinco alfileres en el mismo tiempo, y por consiguiente de doce á quince mil en su jornal, sin comprender una décima tercera parte que es menester deducir por los desperdicios, asi como en las demas divisiones del trabajo. Se hacen alfileres cuya cabeza en vez de estar enroscada y estampada como lo acabamos de esplicar, está fundida y sacada al molde. A este efecto debe haber un molde para cada número, que contiene desde cincuenta hasta ciento: está compuesto de dos partes muy ajustadas una á otra y que se abren á charnela. Las cavidades practicadas en una y otra mitad y exactamente

correspondientes, reciben el metal fundido, estaño y regulo, por un chorro general cuyas subdivisiones cor

responden al principio de cada cabeza de alfiler; su cuerpo está colocado en una canaleta, de modo que no presenta en la cavidad esférica sino el estremo de la

varilla que se halla envuelta en el mefal que se proyecta. Se hacen cabezas de alfiler de esta especie en Inglaterra y en Aix-la-Chapelle, y aun en Francia se han espedido privilegios de invencion, para esta clase de alfileres que sin embargo no ha podido hasta ahora perjudicar á la otra.

8? Amurillar ó limpiar los alfileres. Los alfileres al salir de las manos de los que los encabezan, quedan negros, especialmente en las cabezas, por lo que es preciso ántes de blanquearlos limpiar el cobre. Para esto se hacen hervir, como media hora, en heces de vino ó de cerveza, ó en una disolucion de cremor tártaro, y despues se lavan con dos ó tres aguas hasta que estas salgan bien claras. Este trabajo se hace por los apuntadores y sus operarios.

9? Blanquear los alfileres. En fuentes de estaño de 1G pulgadas de diámetro y bordes muy poco elevados, se cubre el fondo con una ligera capa de alfileres de una misma especie, y colocando estas fuentes una sobre otra en número de diez y ocho ó veinte, y este monton encima de un emparrillado de hierro donde estan atadas cuatro cuerdas, dos trabajadores las llevan á una caldera de cobre de 18 pulgadas de diámetro y 25 ó 30 de profundidad, establecida en un hornillo; siguen añadiendo tantos montones semejantes cuantos pueda contener la caldera cuidando de que sobresalgan hácia afuera los estremos de las cuerdas atadas á los emparrillados. Despues se llena de agua esta caldera, pero ha de ser lo mas clara posible, echándose en ella cuatro libras de tártaro de vino blanco de la mejor calidad: se deja hervir todo junto durante cuatro horas, despues de lo cual se retira cada monton separadamente y se sumergen en agua fria y limpia. Cada especie

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