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ríos de éstos recibieron la muerte peleando como furias, y á la verdad que dieron ejemplos de valor, dignos de ser imitados por muchos de sus superiores en rango." Con respecto á la toma de la garita de Belén, defendida por tropas permanentes, dice el escritor extranjero: "Comenzamos de nuevo nuestra lenta y mortífera marcha, aproximándonos por grados á la garita con el enemigo delante que pausadamente efectuaba su retirada." Manifestando la mucha pérdida que tuvieron por nuestra artillería permanente, prosigue de esta manera: '' Nuestro regimiento tuvo que avanzar.... recliazando cuatro cargas distintas que dio el enemigo.'' Y por fin, concluye: '' Que de los diez mil valientes que saludaron al Gral. Scott en Puebla, apenas quedaban siete mil. Los campos sangrientos de Contreras (en el cual no hubo cuerpos de Guardia Nacional), de Churubusco, de Molino del Rey, de Chapultepec y de la garita, había hecho desaparecer á tres mil, llenando de dolor y de amargura el corazón de los demás."

"Por lo expuesto queda probado que el ejército permanente y la Guardia Nacional arrancaron laureles de los expresados campos de batalla; y conceder sólo esta gloria á la segunda es la mayor injusticia con que ustedes, señores editores, cubren muy mal el natural encono que profesan al primero

'' Y ustedes, señores editores del Siglo, que tanto preconizan la paz, la unión, la fraternidad, la fusión de los partidos, como únicos medios de que nuestra desgraciada nación llegue al apogeo de su engrandecimiento, son los mismos que siembran la discordia entre dos clases tan influentes en la sociedad. ¿Es ésta la misión de unos escritores públicos?

"Seamos justos: unión, fraternidad, acatamiento á la ley y respeto á las autoridades legítimamente constituídas, sea siempre nuestra enseña política, y entonces seremos dignos de figurar entre las naciones más cultas del orbe."

Necesario es convenir en que en el fondo de aquel asunto todos tenían razón: en la desventuradísima campaña de México con los Estados de Norte-América, no faltaron valor y patriotismo ni al soldado de línea ni al soldado ciudadano; lo que faltó fueron altos jefes capaces de medirse con los del extranjero, y de sostener una guerra extranjera: hasta allí, los ascensos, honores y prerrogativas militares sólo habían sido conquistados en fratricidas luchas civiles.

Quienes juzgan y condenan á un país por sus derrotas, sin medir ni estudiar sus causas, cometen una indignidad y sería hacer, sin justicia,víctima de ella á México, juzgarle y condenarle sin ese examen. El pueblo, el verdadero pueblo, el que no gobierna ni aspira al ejercicio del poder, pero que siempre está dispuesto á seguir al que sabe imprimirle un impulso noble y generoso, no faltó en ese entonces á sus deberes, y si el invasor americano entró en México hasta llegar triunfante al corazón de la Capital, entró pisando en todo su camino cadáveres de insignes patriotas: y cuando ese pueblo se vió, por falta de dirección y de energía de sus Gobiernos, á merced del vencedor, se entregó á todos los extremos de una desordenada pero patriótica exaltación. Apenas las tropas de Quitman acababan de llegar á la Plaza de Armas y de enarbolar en el asta-bandera del Palacio Nacional el pabellón americano, el indignado pueblo rompió sobre los invasores fuego graneado de fusilería desde las esquinas de las calles y desde las puertas, balcones y azoteas de algunas casas, é hizo caer de donde pudo y como pudo un diluvio de piedras. Aquel arranque de desesperación fué tan imponente que el Gral. Worth llegó á mandar hacer fuego con sus obuses y hasta con las piezas de sitio sobre las casas de donde salían los disparos, y el Gral. Scott se irritó hasta ordenar que esas casas fuesen voladas con pólvora: multitud de ellas fueron abiertas á hachazos, se hizo avanzar á la infantería por sus azoteas, se redujo á prisión á muchos vecinos y se fusiló á los que se tuvieron por culpables. Las fuerzas de Quitman, sigue diciendo Roa Bárcena, fueron hostilizadas por el pueblo, lo mismo que las de Worth. El 2 de Infantería, al mando del Capitán Morris, escoltaba al Capitán de Ingenieros Lee, enviado en comisión del servicio á la garita de San Antonio Abad: á tres cabeceras de distancia del Palacio, hacia el Sur, empezó el pueblo á hacerle fuego desde las calles trasversales y desde azoteas y campanarios, arrojándole también piedras y ladrillos. Morris tuvo que dividir su fuerza, que allanar casas, que perseguir por las azoteas á sus contrarios y que rechazar en las calles los ataques de alguna caballería, y al cabo de seis horas de lucha y con veintiocho bajas, el expresado cuerpo, falto de municiones, se vió en la necesidad de retrocederá Palacio. El tiroteo duró todo el día 14 y parte del 15. En su lugar dije que el Capitán Roberts del Regimiento de Rifleros, fué el designado para enarbolar la bandera americana en el Palacio Nacional; en esa operación le ayudó, dícese que obligado por Roberts, el guarda mayor del alumbrado, Pomposo Gómez; esto bastó para que nuestro pueblo le cobrase rencor y aborrecimiento, y pocas noches después, Pomposo Gómez fué sin misericordia asesinado. Dije también que la misma mala muerte encontraron, durante toda la ocupación del invasor, cuantos soldados americanos se alejaban del centro y se metían en los barrios. Todo esto fué censurable, salía de las leyes y costumbres de la guerra, pero indica que no faltaron á nuestro pueblo el arrojo y la virilidad.

Vino la paz, marcháronse los invasores sin salir, pudiera decirse, de nuestro territorio, pues lleváronse de él más de la mitad, y todavía no cesaron las venganzas ó justicias populares. El Siglo Diez y Nueve del 3 de Junio de 1748 dijo en su gacetilla: '' En el pueblo de San Angel han sido selladas y rapadas, no sabemos por quien,varias mujeres públicas, de las que trataban con los soldados del Ejército Americano, estacionados allí." El mismo periódico decía en su número de 7 del mismo mes: "Ayer, diversos grupos de pueblo, en diferentes parajes de la ciudad, han perseguido, apedreado é injuriado á varias mujeres, acusándolas de haber tenido relaciones con los americanos. Hace días referimos hechos semejantes y todavía más graves, acaecidos en San Angel. Aunque tales hechos reconocen un principio noble, creemos que el buen sentido de nuestra población, le hará abstenerse en lo de adelante de semejantes actos de justicia popular. ''

En cambio de estos castigos crueles, ese mismo pueblo derramó su compasión y su gratitud en los míseros sobrevivientes irlandeses que formaron la Compañía de San Patricio, y con tan grandes valor y heroísmo se batieron con los mexicanos y por México en Churubusco: allí fueron hechos prisioneros por los americanos, en las acciones del 20 de Agosto, en número de cincuenta y nueve. La Corte Marcial reunida en Tacubaya el 8 de Setiembre, condenó á veintinueve de ellos á ser ahorcados: por circunstancias atenuantes, dice Roa Bárcena, el general en jefe conmutó á nueve de ellos la pena de muerte en la de "cincuenta azotes con un látigo de cuero, bien aplidos sobre las espaldas desnudas de cada uno,'' y marca de la letra D con hierro candente en el rostro: los otros veinte, fueron ahorcados en San Angel el 10 de Setiembre y los treinta restantes, sufrieron igual pena en Mixcoac el 13 de aquel mes. Al ser llegada la paz, el periódico americano La Estrella dijo que los prisioneros que de la Compañía de San Patricio quedaban y su Capitán Riley, serían llevados á Nueva Orleans y licenciados allí ignominiosamente. Todo México intercedió por ellos y suplicó al Gral. Butler, los indultase poniéndolos en libertad y dejándolos quedarse entre nosotros. El jefe americano concedió lo que se le pedía, y el citado Siglo dijo en 7 de Junio: "Ayer, un prisionero de San Patricio, con certificación de serlo, mendigaba en la calle de Tacuba, y, con lágrimas en los ojos, mostraba en su rostro á los transeuntes, la marca que dejó en él el hierro enrojecido. Nuestro honor está interesado en que tal hecho no se repita, y sobre él llamamos la atención del Sr. Gobernador del Distrito, y excitamos de nuevo la gratitud de nuestros compatriotas en favor de esos desventurados prisioneros."

Uniendo á la excitativa el ejemplo, El Siglo se suscribió desde luego con cincuenta pesos y los segundos nombres en la lista fueron los de la niña Estefanía Labat, con un escudo de cuatro pesos, y los jóvenes D. Alfonso y D. Lorenzo Labat, alumnos del Gimnasio Literario francés, con ocho pesos cada uno. El éxito de aquella suscrición fué en aumento cuando El Siglo publicó alarmado lo siguiente: "Hemos oído decir, que el Capitán de la Compañía de San Patricio I

ha pedido al Sr. Gobernador del Distrito una especial protección para los soldados de esa Compañía, porque algunos amigos suyos que pertenecen al ejército americano le han dicho que se trata por otros del mismo ejército, de darles muerte." Entre los donantes figuraron D? Victoria Rull de Pérez Gálvez con cien pesos y D. José Gómez de la Cortina con cincuenta. Diré para concluir con este asunto que sólo incidentalmente he tocado, que la cantidad que se reunió y depositó en la librería de D. José María Andrade, sita en el Portal de Agustinos, fué distribuída entre los siguientes individuos: John Little, John Barttez, John Whitton, John Murphy, Alexander Mc.Kee, Peter O'Brien, Charles Willams, Samuel Thomas, John Me. Cornick, James Miller, John Hamilton, James Kelly, Edward Ward, Thomas Casidy y William Akles: la distribución la hizo el Capitán John Reilly. Ignoro lo que después se harían aquellos infelices, especialmente los marcados por los americanos con el hierro hecho ascua; sólo sé, porque lo dijo El Siglo, que no siguieron figurando en la Compañía de San Patricio de fuerza de más de cien hombres, que durante algún tiempo mantuvo el Gobierno y fué un constante semillero de desórdenes, disgustos y delitos. Volvamos ya á nuestra interrumpida revista de espectáculos en 1848.

El 2 de Agosto se verificó el beneficio de D!! Magdalena Massini de Sirletti, contralto, que cuando formó parte de la Compañía de Galli, había causado entusiasmo en Tebaldo, Tancredo y la Donna del Lago, y entonces, cargada de años y de pesares, apenas pudo cantar el aria de Horneo de los Copuletos de Bellini.

De los diez y siete números del inconmensurable programa, ocho corrieron á cargo de los saltimbanquis Turín y Derveloi, y dos al de la Srita. Guadalupe Barrueta, que por primera vez se presentó en público á cantar la Polaca de los Puritanos y una aria del Nabucodonosor. Valleto representó Los amigos del día, y Blanchardi, Balderas y Aduna, tocaron diversas piezas en el corno inglés, el piano y la flauta. La Moctezuma bailó la cracoviana.

El buen éxito de este beneficio, animó á la distinguida María de Jesús Zepeda y Cosío á dar otro el 9 de Agosto, acompañada al piano por Sebastián Ibáñez y con el concurso de la Srita. María de Jesús Mosqueira. "El público, dice un periódico, salió satisfecho de la Srita. Mosqueira, cuya voz, aunque no tan robusta y extensa como la de su compañera la Zepeda, es sin duda mucho más flexible.'' La orquesta estuvo dirigida por D. Agustín Caballero, que más feliz que los Directores de nuestros Conservatorios de hoy, presentaba á cada momento discípulos aventajadísimos.

Gracias á esta su habilidad ó fortuna, pudo México formar entonces una más que regular Compañía Nacional de Opera, ya que no logró traerla de Italia, como para ello invitó al público Francisco Pavía, el 19 de Agosto, á nombre de la Empresa de que era Representante, proponiendo una suscrición consistente en que, por una sola vez, cada propietario de palco contribuyese con 200 pesos, y cada abonado á luneta con 25, hasta el completo de 12,000 pesos, que fué lo que se calculó necesario para contratar cantantes en Europa y ponerlos en México; la Empresa dijo que, por su parte, se suscribiría con... 1,000 pesos; mas los invitados por Pavía, acudieron en tan corto número al llamamiento, que la Empresa avisó en los primeros días de Setiembre, que por entonces era imposible contar con esa diversión. Este fracaso, el buen éxito de los grandes conciertos á que ya me referí, y el muy bueno del que en 20 de ese mes dispuso la Junta Patriótica para allegar recursos en favor de las viudas y huérfanos causados por nuestras guerras, animaron á los interesados á hacer un ensayo, y en la noche del 27 fué cantada en el Nacional la Norma, de Bellini, por la Cosío, la Mosqueira y Solares, Zanini y Ayala. El primer acto obtuvo una soberbia interpretación por las dos estrellas mexicanas, que fueron coronadas en medio de estrepitosos y merecidos aplausos.

El entreacto que se siguió hubo de prolongarse más de una hora, y cuando los concurrentes empezaban á manifestar su impaciencia, se alzó el telón y un actor se presentó á decir que no se podía continuar por haberse repentinamente enfermado la Srita. Cosío. Mucha parte del público, aunque muy contrariada, se dispuso á retirarse, pero el resto no se conformó, y armó en pocos momentos una gresca estrepitosa que duró cerca de media hora; el motín tomaba un serio aspecto; los gritos, el ruido, la batahola aumentaban por instantes, cuando volvió á levantarse el telón y se anunció que la Srita. Mosqueira, á pesar de que no sabía muy bien el papel de Norma, se prestaba gustosa á desempeñarlo por complacer al público. Esta noticia fué recibida con ruidosos aplausos, y siguió, en efecto, la ópera, suprimiéndose el dúo de Norina y Adalgisa. La Mosqueira cantó magníficamente la parte de la protagonista, cosa tanto más notable, cuanto que lo hizo sin estudios y sin ensayos, y fué por ello, objeto de una calurosa y merecidísima ovación. Los Médicos D. Matías Béistegui y D. Francisco Breakenridge, certificaron que la indisposición de la Cosío consistió en una congestión sanguínea al cerebro, que la privó de los movimientos y de la voz. Por fortuna, ese ataque pasó á las pocas horas, aunque la convalecencia duró muchos días.

Repuesta al fin la interesante artista, el 11 de Octubre volvió á ser cantada la Norma, con mucho lucimiento. A esa ópera siguió la Lucrecia Borgia, y á ésta la Sonámbula, cantando la Srita. Guadalupe Barrueta la parte de Amina, y la Srita. Ramona Cabrera la de Liza, acompañadas por otro distinguido aficionado, el Sr. Flores, discípulo también del Maestro Caballero, y por Solares y Zanini. A su vez

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