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y muy feliz é inspirado Castañeda. Cerdán, Justicia de Aragón, El hombre más feo de Francia, Un hombre de bien, La Castellana de Laval, La Cisterna de Alby, La Carcajada, Guzmán el Bueno, La hija del Abogado, valieron grandes aplausos á Valleto, Castañeda, la Cordero, Castro, la Santa Cruz y demás artistas, y por de contado á Pineda, de quien los periódicos repetían y renovaban los elogios, ponderando "la fisonomía expresiva, la movilidad de facciones que tanto distinguen al verdadero artista.''

Pero el mayor éxito, pues suscitó el entusiasmo del público y el escándalo de un extenso círculo, fué el obtenido el 23 de Julio con el drama de Gil y Zárate, Carlos Segundo el Hechizado. Fué El Siglo Diez y Nueve el periódico que con más encono condenó la representación de esa obra: "¿Qué drama prohibirán nuestros censores, preguntaba, cuando han dejado pasar el Carlos Segundo? ¿Cuando han permitido que nuestras Cándidas jóvenes, que nuestros inocentes niños, que nuestro pueblo incauto oigan los acentos blasfemos de un fraile apasionado y de un fraile caracterizado por el sublime actor Pineda? ¡ Oh! estas escenas en que se juega con la divinidad, en que se burla á lo más sagrado; estas pasiones volcánicas, esta refinada maldad, debe quedarse para que lo estudien en la historia los hombres maduros, y no para que se presente de bulto en un teatro donde concurre toda clase de gentes. La conciencia se ruboriza de que un público escuche escenas tan altamente inmorales como las del drama de que se trata. El censor que lo permitió debería ser multado y separado de su empleo, y prohibirse las siguientes representaciones; pero nada se hará y el drama seguirá representándose, y el pueblo pagando un tributo de dinero y aplausos y los actores quedarán satisfechos con su buena elección y con la ganancia.— Se representó ese drama en España, según creo, en la época en que el pueblo enfurecido corría con la espada y la tea á los conventos á matar y quemar frailes. El autor del drama, servil adulador de las pasiones del pueblo, hizo el Carlos Segundo, que le grangeó renombre y aplausos. Pero en México, donde no han tenido lugar, por fortuna, esos excesos, donde los frailes no son tan influentes como se cree, donde, en fin, no hay temor de que el pueblo y los gobernantes se sujeten á funestas preocupaciones, el drama no tiene ningún fin útil sino el pernicioso de herir la moral pública. Víctor Hugo, hablando con los poetas, dice: "Se debe más respeto á la juventud que á la vejez: literatos que escribís, tened compasión de los niños; no se graben tal Arez en sus corazones de cera, algunas de vuestras perniciosas máximas."—Esto mismo deberían tener presente los censores y actores en un caso como el'actual, y no digan que les citamos máximas del severo Moratín, sino del autor de Lucrecia Sargia. ¡ Qué gusto tienen nuestros actores del Teatro Principal!"

Sin tener en cuenta tan amargas y severas reflexiones, ni el censor fué destituído, ni se prohibieron las sucesivas representaciones del Carlos Segundo, ni dejó el público de concurrir en masa á ellas, con cuantiosas utilidades para la Compañía.

Así lo había temido El Siglo Diez y Nueve, cuyo modo de opinar en aquel tiempo, sin duda sorprenderá á muchos de sus actuales lectores.

Otra función notable en 1842 y en el Principal, fué la del 25 de Septiembre, en que se repitió el drama La Carcajada, que el domingo 18 anterior había por primera vez representado Antonio Castro. Esa repetición, solicitada por el público, se hizo con el principal objeto de tributar una ovación al joven y notabilísimo actor mexicano, que en el papel de Andrés rayaba en lo sublime. El teatro estuvo adornado é iluminado con mucho lujo y profusión, y la concurrencia fué numerosísima y selecta. Al presentarse el artista fué acogido con nutrida salva de aplausos que duraron más de un cuarto de hora. Concluido el primer acto, las Sras. Castellán y Ricci cantaron el dúo del Beso, de Norma, y obsequiando los deseos del público, al terminar su cauto obligaron á Antonio Castro á presentarse en el foro entre las dianas de las bandas dispuestas al efecto; á la vez fueron arrojadas desde las localidades altas multitud de poesías impresas en papeles de los colores nacionales; también se repartieron estampas litográficas, dibujadas por Heredia, que representaban á Castro en el acto de cubrir con su cuerpo el número fatal. Después, dice un periódico, "lina comisión condujo al proscenio, atravesando el patio, una magnífica corona destinada al artista; una joven mexicana, que pertenece al coro de la Opera, la tomó de las manos de la comisión y la puso en las de las Sras. Castellán y Ricci, quienes la colocaron sobre la cabeza del Sr. Castro, que para recibirla se puso de rodillas, manifestando en su rostro la expresión sublime de su gratitud . ..." Días después de esa ovación, Antonio Castro dió al público las gracias en una carta que repartió impresa.

De las poesías en esa ovación dedicadas al insigne artista mexicano, tomo los siguientes versos:

"¡Salve, joven actor, salve mil veces!
Calienta el sol de la abrasada zona
verde laurel para ceñir tu frente,
y más vale, aunque pobre, esa corona
que las que el oro abona
de los soberbios reyes de Occidente.

Sigue, joven actor, la senda bella:

delante de tu huella marcha el genio,
y la inmortalidad tras de tu huella."

R. H. T.—T. II.—8

CAPITULO VI

1842—1843

No tuvo menos animación en el de Nuevo México la temporada de la segunda mitad de 1842. Su variadísimo repertorio abrazó, entre otras muchas, las siguientes obras: Una vieja, La segunda dama duende, Un tío en Indias, La caja de oro, Paca ¡a salada, Miguel y Cristina y su segunda parte La vuelta de Estanislao, Caldereros y vecindad, La batelera de Pasajes, La expiación. La Magdalena, Doña Menda, que fué un colosal triunfo para la Peluffo, la Cañete y Concha López, y Mata, Barrera y Garay; El Pilludo de París, cuyo protagonista fué uno de los grandes papeles de Mariquita Cañete, La Carcajada, El inválido Plan Plan, Los penitentes blancos, Don Alvaro 6 la fuerza del sino, La berlina del emigrado, El chasco del mantón, Quince años en la Bastilla, La mujer de un artista, La ponchada, El diablo predicador y otras cien de todos los géneros y de todos los autores, inclusive Rosa Peluffo, que el 3 de Noviembre hizo estrenar el drama en cuatro actos Claudio Stock, por ella traducido del francés; á esa representación asistió, previo anuncio en los programas, el Presidente sustituto y muy ilustre patriota Gral. D. Nicolás Bravo.

Por ser inveterada costumbre en los artistas de cualquier clase y sexo que sean, ocultar á sus biógrafos la fecha de su nacimiento, ignoro cuándo se verificaría el de la distinguida actriz Rosa Peluffo, en Cartajena, España. Su vocación para el teatro fué tan prematura, que á los 11 años de edad ya se hizo aplaudir en los teatros de Mallorca y Tarragona. En la Capital de Cataluña recibió lecciones de declamación de Andrés Prieto y Manuela Molina, trabajó como segunda dama en los teatros de Madrid; fué allí discípula de Joaquín Cabrera; figuró por primera vez como primera dama en Sevilla, y con igual categoría pasó en 1829 al Teatro del Príncipe, en la Corte Española. Casada con D. Francisco Javier Armenta, después de una lucida temporada en Cádiz se embarcó en 1830 para la Habana y Puerto Rico; regresó á Europa; permaneció en París estudiando á los artistas franceses por espacio de un año; de nuevo figuró en Barcelona y Madrid, y segunda vez tomó pasaje para la Habana, permaneciendo en ella hasta 1842, en que fué contratada para México. Su ameno trato, sus finos modales, su conversación viva y agradable, granjeáronle numerosos amigos, satisfechos de encontrar en ella una dama inteligente é instruída. Sus aficiones literarias y perfecto conocimiento del idioma francés, la impulsaron á traducir y acomodar á la escena los dos dramas El Destructor y Claudio Stock, que valiéronle dos medallas de oro con que la obsequiaron sus admiradores de la Habana y de Veracruz. Como todos aquellos públicos, el de México cobró gran carillo á Rosa Peluffo, y ya vimos cuáu favorable fué el juicio que acerca de ella formuló el revistero de El Siglo en una crónica en verso, copiada en parte en el anterior capítulo.

El hoy famoso Romancero, entreteníase entonces con frecuencia en esos juguetes poéticos; de uno, fechado en 1 1 de Diciembre, reseñando la representación de La Visionaria, de Hartzembusch, tomo lo que sigue:

"Las lágrimas de la viuda
y La cabeza de bronce,
allá por el año de once
se pudieron tolerar;

cuando El anillo de Giges
y El Mágico prodigioso,
eran el lauro glorioso
del popular Amador.

Cuando el Virrey sonreía
á Luciano en un saínete,
y embelesaba al mosquete
El Diablo Predicador.

Pasó el tiempo año tras año,
vino Garay, llegó Prieto,

y revivió un esqueleto

en la escena teatral.

Pasó tiempo todavía
y se escucharon los cánticos
de apasionados románticos,
y hubo veneno y puñal.

Y entonces, tras las escenas
de horror, de sangre y de luto,
pidió de risa un tributo
el festivo Moratín.

Mas no reviváis comedias
cual La cabeza de bronce,
ni obras que en el año de once
debieron de tener fin.

Despierta, teatro mío, sacude sueño tan largo,

sal de tu aciago letargo,
atiza bien tus quinqués;

Compra gatos, busca escobas,
y cuando aseo y luz sobre
no te quejarás de pobre
el treinta y uno del mes."

Demos ya fin á nuestra revista de espectáculos del año de 1842; pero antes de cerrarla y de volver á tomar la historia de la construcción del que había de llamarse Gran Teatro, dediquemos unas líneas al sentido fallecimiento de su primer cantor, el ilustre poeta Ignacio Rodríguez Galván.

¡ Pobre poeta! Moreno, de ojos negros, ancho de espaldas, de regular estatura, de cabeza un poco inclinada hacia el pecho, de frente espaciosa, dividía su pelo en dos porciones desiguales una raya abierta con negligencia: su mirada era sombría y sus maneras encogidas; su vestido, humilde y descuidado. ¡ Pobre poeta! Solitario pasó su breve vida, y solitario pasó á la eternidad, sin haber visto realizados sus ensueños de amor, sus ilusiones de gloria y sus esperanzas de ventura. He aquí un resumen de sus quejas, hecho por él mismo:

"Mi pobre madre descendió á la tumba,
y á mi padre infeliz dejé, buscando
un lecho y pan en la piedad ajena:
el sudor de mi faz y el llanto ardiente
mi sed templaron

Busqué el amor, y una mujer, un ángel,

á mi turbada vista se presenta

con su rostro ofuscando á los malvados

que en torno la cercaban, y entre risas

de estúpida malicia se gozaban,

que en sus manos sacrilegas pensando

la flor de su virtud marchitarían

y de su faz las rosas

En vez de una alma ardiente cual la mía,
en vez de un corazón á amar creado,
aridez y frialdad encontré sólo.

La ingrata

de mí. aparta la vista desdeñosa,
y ni la luz de sus serenos ojos
concede á su amador"

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