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de Belchite, aplicados á sus respectivos coliseos, por alusión aquél al viejo panteón de ese nombre, con cuyos nichos eran comparados los sombríos palcos, y por referencia el otro «1 humilde pueblecillo de la provincia de Zaragoza, inmortalizado por el insigne Bretón de los Herreros, en algunas de sus comedias. A esos apodos y combates y competencias de los dos teatros, aludía así el inimitable Fidel en una crónica rimada:

"¡Qué función! ¡Qué variedades!
¡Qué grita! ¡Qué disputar
de Santa Paula y Belchite!
¡Qué gresca tan singular!

Los güel/os y gibelinos
se miraron faz á faz,
no obstante que no están quietos
dos gatos en un costal."

Esas luchas solían descender aun al terreno de la política, disputándose ambas empresas el favor y el aprecio del Napoleón americano, D. Antonio López de Santa-Anna.

Con motivo de los días de éste, y según indiqué al final del capítulo precedente, la Empresa del Principal le obsequió con una función en la cual se cantó por la Sra. Picco y el Sr. Spontini, un himno compuesto por Delgado: en la siguiente noche, Nuevo México le ofreció á su vez una función en cuyo programa le adulaba así: "Nada más grato sin duda para el Excelentísimo Señor Presidente Provisional, al obsequiarle en sus días, que dedicarle una función, que á la vez tiene por objeto celebrar el juramento de una Constitución, obra de sus esfuerzos, y con la que ha dado feliz término á la gloriosa regeneración que emprendiera hace dos años."

De bien distinta manera que esos cómicos opina la imparcial Historia, pero no los censuraremos por su injustificado voto de aplauso, que como otros tantos que se tributan á los gobiernos en el apogeo de su poder, no tenía el pecaminoso fin de engañar á la posteridad, sino sólo y simplemente el de obtener una contante y sonante subvención. Esta debilidad, tan natural en quienes viven por y para el negocio, no desmiente en un ápice el mérito de aquellos artistas, congregados en más que buenas compañías. Las quisiéramos para nuestros decaidísimos tiempos actuales, y el modestísimo Nuevo México debe causarnos envidia con sus entonces distinguidos Mata, Armenta, Barrera, Méndez, Douval y Castañeda, y sus famosas Peluffo y Cañete.

Por no hacernos cansados, n® enumeramos también, puesto que ya hemos hablado de ellos, á los artistas distinguidísimos que en el Principal trabajaban, y que en 23 de Junio reforzaron su Compañía, ya buena y numerosa, con la Sra. D? Manuela Francesconi, que hizo su presentación con la comedia en cinco actos El Hipócrita, y su segunda con El Amante prestado. Una hermosa figura, voz clara é inflexiones sonoras, acento sumamente castizo y prosódico, posturas teatrales y acción despejada, fueron las dotes artísticas que se admiraron desde luego en la Sra. Francesconi. "El público, dice un cronista, se retiró verdaderamente contento y satisfecho, y hasta los entusiastas de Belchite confesaron el mérito de la nueva actriz." No tuvo igual fortuna Nuevo México con la reaparición de la actriz mexicana D* Guadalupe Munguía, que, después de algunos años de ausencia de la escena, volvió á presentarse el mismo domingo 23 de Julio en el papel de Clotilde del drama de Gil y Zárate, Cecilia ó la Cüguecita: según un cronista, desagradaron en ella "los resabios de una escuela antigua, y sobre todo el tono declamatorio que se acostumbraba usar en la representación de la tragedia clásica; el temor que tenía de desagradar, sofocaba algún tanto su voz, haciéndola aparecer débil y opaca." La Munguía dió aún algunas representaciones, y al fin se retiró nuevamente á su hogar.

Al llegar la Cuaresma de ese año de 1843, la Compañía de Opera habíase disuelto, marchado para Europa, entre otros, la Castellán y su marido Giampietro, salido algunos de sus artistas para el Interior, y quedádose en la Capital la Picco, Spontini y algunos más.

También habían dejado de honrar con su talento nuestra escena desde hacía mucho, los hermanos Martínez, y después de ellos el muy distinguido Pineda.

El antiguo Provisional ó de las Moras, había recobrado su denominación de los Gallos, y campo venía siendo de las gracias de los actores á quienes ya aludí, y del cocorismo de un público de la clase del también ya descrito al hablar del estreno y representaciones del famoso de La Unión ó del Puente Quebrado. A mediados del año lo ocupó una empresa de Circo Olímpico, que gozó de alguna boga, dando el espectáculo de "una gran lucha de un oso de la Martínica con un hombre" y con la exhibición del Niño prodigioso, infeliz criatura que era presentada en una cajita de catorce pulgadas de largo y diez de ancho, puesta sobre dos sillas, de la cual, con gran sorpresa de los conmovidos espectadores, salía, en un momento dado, "á ejecutar—decía el programa—toda clase de contorsiones corpóreas, á imitación de los Raveles."

El 15 de Agosto, y en el Teatro Principal, la Cordero, la Francesconi, la Dubreville, la Pautret y la Moctezuma, y Castro, Salgado, Castañeda, Valleto y Mancera, pusieron en escena, y estrenaron el drama nuevo intitulado Emilia, original del mexicano D. Ramón Navarrete y Landa.

De esta obra dijo Fidel en una de sus amenas crónicas: "El drama interesó sobremanera, y hay frases y situaciones que descubren profundo conocimiento del corazón, vasta lectura y \\\\ excelente gusto dramático; el lenguaje es correcto, nervioso y castizo: esta producción es de un mexicano, y no he podido dejar de ver con entusiasmo y orgullo las excelentes dotes dramáticas que en ella descubre el autor.''

Lo más notable de todo ello, y lo que acredita cuán enconosa y reñida era la lucha entre Santa Paula y Bclchite, fué que ese mismo drama se representó y estrenó en Nuevo México dos días después que en el Principal, desempeñado en ese segundo estreno por las Sras. Peluffo, Cañete, Munguía, Gil, Uguer y López, y los Sres. Mata, Armenta, Hermosilla, Barrera, Castañeda, Douval, OjedayGuelvenzu.

¡Felices tiempos aquellos, en que la rivalidad de las compañías se traducía en honrar y disputarse á los autores mexicanos!

Precisamente en esos días, mediados de Agosto de 1843, la Academia de San Carlos, llamada á decidir sobre el mérito de los proyectos presentados para la erección de una columna monumental en la Plaza de Armas, en honor de la Independencia, acordó el primer premio al Ingeniero D. Enrique Griffon y el accésit á D. Lorenzo Hidalga, y por un accidente comunísimo en toda clase de construcciones arquitectónicas, y más en las de la importancia de un gran teatro, en la tarde del día 18 del referido Agosto, una imprevisión de albañiles y carpinteros hizo que en el que se levantaba en la calle de Vergara se derrumbase un corto lienzo de pared vieja que daba al callejón de Betlemitas, causando dos muertos y cinco heridos; por último, por decreto del 23, siempre del mismo mes, el Gral. Santa-Anna, llamado con su Ministerio á decidir en la discordia que se suscitó entre los autores de los proyectos de monumento á la Independencia, dió su aprobación definitiva al de Hidalga, contra lo dictaminado por la Academia, si bien por una atención á ésta dispuso que el premio de $300 ofrecido, se adjudicase á D. Enrique Griffon.

No se infiere á primera vista la relación que entre sí guardan los puntos contenidos en el anterior párrafo, y vamos á decirlo. Entre los opositores al concurso ó certamen relativo á la columna conmemorativa de la Independencia nacional, figuró D. Vicente Casarín, Arquitecto recibido en las Academias de París y de México, y tan poco afortunado, que sus proyectos para el Mercado, el Teatro y la Columna, no merecieron llamar la atención de los jurados calificadores; lo contrario exactamente de lo que aconteció con los de Hidalga. La enemistad del oficio se sublevó en Casarín con estos golpes, y en cuanto á su noticia llegó el derrumbe á que hice referencia, dirigió al Gobierno, al Ayuntamiento y al público una alarmadora ex

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posición, fechada siete días después de expedido el decreto favorable á Hidalga, diciendo que, según sus cálculos, el teatro en construcción debía derrumbarse indefectiblemente sobre los espectadores que osasen ocuparle, y eso no más ó menos tarde sino en el momento mismo de su estreno. A la vez, y desentendiéndose humildemente de su propio proyecto de columna, defendió el de Griffon y atacó á Hidalga.

No se le habló á ningún sordo. Hidalga contestó á Casarín al día siguiente de publicada su alarma, negando el fundamento de ella, y pidió se nombrara una comisión de peritos que examinase la obra y rindiese dictamen. El 3 y el 11 de Setiembre, Casarín replicó y atacó con energía, perdiendo los estribos en el corcel de su rencor, pues como Hidalga le hubiese invitado á examinar y estudiar los planos del Teatro, Casarín respondió: '' Los planos que me ofrece para su examen me son absolutamente inútiles, por la sencilla razón de que los dibujos no son parte inherente de la obra." "Además, añadía, omitiré términos técnicos, cálculos pormenorizados y expresiones algebraicas, '' cuando de todo ello se necesitaba para una discusión que no podía menos de establecerse sobre una base estrictamente científica. Hidalga replicó el 24 del mismo mes, satirizándole por su desconocimiento de la importancia de los planos en arquitectura, y de la necesidad de ocurrir á los principios físico-matemáticos; y con toda claridad y extensión expuso las fórmulas y cálculos en que había basado su proyecto y seguido en su realización. El Ingeniero I). Juan N. Adorno, espontáneamente salió á terciar en la cuestión, no tanto por defender á Hidalga como con gran acopio de razones lo hizo, cuanto para desenmascarar á Casarín é impedir que el ridículo que éste venía echando sobre su propia persona, perjudicase de algún modo á los arquitectos é ingenieros mexicanos.

En los primeros días de Octubre, aunque con oficio de 23 de Setiembre, se hizo público el informe que al Gobernador rindió la comisión nombrada por el Prefecto D. José M. Icaza, compuesta por los Sres. D. Joaquín de Heredia, arquitecto mayor de la Capital, de su Palacio Nacional y Santa Iglesia Catedral, académico de mérito y Director de Arquitectura de la Academia Nacional de San Carlos; Teniente Coronel del Cuerpo de Ingenieros y Agrimensor General, Gral. D. Pedro García Conde, Director de Ingenieros y del Colegio Militar ; Comandante de Batallón y Arquitecto, D. Domingo Got, y el Arquitecto de Minería D. Antonio Villard. Todos ellos, á excepción de García Conde, opinaron que el nuevo Teatro ofrecía puntos débiles á que era necesario poner remedio. García Conde formuló voto particular contradiciendo á sus compañeros de comisión, los cuales, según expuso Hidalga en Octubre, habían incurrido en los mismos errores que Casarín.

Tan patentes eran las aberraciones, que el Gobernador del Departamento se vió en la necesidad de nombrar una nueva comisión dictaminadora; pero la intriga, innoble desde el instante en que se encaminaba á producir una alarma peligrosa y á perjudicar al honrado y tenaz D. Francisco Arbeu, consiguió que esa segunda comisión la formaran los Sres. Nebel, Moró y Griffon, enemigos los dos últimos de Hidalga. Necesariamente, el informe no le fué favorable, pero eso mismo le dió ocasión para confundir á sus contrarios en un mesurado y científico informe que rindió al Gobernador en 27 de Noviembre ; allí demostró, con suficientes pruebas, la solidez de los cimientos que dió á la fábrica; allí hizo ver patentemente que las paredes tienen el grueso debido para asegurar su estabilidad, dado el sistema de crujías y la resultante del espesor de los muros que lo forman; al tercer cargo que se le hacía de no haber dado solidez á la techumbre, contestó Hidalga de un modo concluyente, demostrando á la comisión que no había entendido la fórmula de Rondelet á que habíase ajustado, y haciendo ver que el espesor de las piezas principíales era superior al que esas mismas piezas tenían en los principales teatros, que enumeró, de Inglaterra, Italia y Alemania. En cuanto áque no hubiese previsto las facilidades necesarias para la salida del público en caso de incendio, dijo que "tanto en el patio del vestíbulo, como en éste y en el peristilo, cabía la concurrencia del salón entero, y que á ellos podía llegarse por cuatro escaleras independientes y por las cinco puertas del patio; ventajas que en aquel entonces sólo el teatro de Lyon en Francia poseía." Del mismo modo concluyente y científico fué desvaneciendo y contestando otros cargos de menos importancia, produciendo todo ello un extensísimo y pormenorizado informe, cuyas conclusiones el tiempo ha justificado según él lo predijo, pues sólo el escenario ha resentido desperfectos, á los que se han buscado remedios que, impidiendo su derrumbe, le han quitado toda especie de comodidad. Esta polémica, comenzada por Casarín á fines de Agosto, duró hasta fines de Diciembre, sin que, como suele suceder en todas las de su especie, ninguno de los contendientes se diera ni por vencido ni por convencido; las personalidades y las diatribas usadas por uno y otro bando, acabaron por fatigar á todo el mundo.

En tanto, las obras habían proseguido con febril actividad, pues Hidalga deseaba dar cuanto antes la prueba práctica de la solidez y firmeza de su construcción, y de la bondad de sus planos y de las fórmulas de que se había servido; y así fué que contra los deseos de D. Francisco Arbeu para que la apertura del teatro no se verificara antes de que el Gral. Sauta-Anna hubiese venido á la Capital á tomar posesión de la Presidencia, para la que acababa de ser electo, aunque aun quedaba mucho por hacer en cuanto á ornato, dispuso Hi

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