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CASA EDITORIAL, IMPRENTA Y LITOGRAFIA "LA EUROPEA"

RESEÑA HISTÓRICA

DRL

TEATRO EN MÉXICO

roa

Enrique de Ola^arría y Ferrari

SEGUNDA EDICION

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MEX1.CO

IMPRENTA, KNCUADURNACION Y PAPELERIA
"LA BUROPDA"

Propietario, Fernando Camaoho. I Director, Juan Aguilar Vera.
Calle de Sania Isabel Nflm. 9.

1895

ESTA OBRA ES PROPIEDAD DEL AUTOR

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1867.

Poco he visto ó recuerdo tan pavoroso como aquella tristísima noche del jueves 20 de Junio de 1867, última del gobierno imperialista en la Capital.

A la melancólica luz de la luna llena, y buscando el amparo de las intensas sombras que los edificios proyectaban, pequeños grupos de dos ó más personas corrían con rapidez las rectas calles y daban vuelta en las esquinas con marcado apresuramiento, cual si despistar quisiesen á quien por acaso les siguiera. Aquí y acullá percibíanse retenidos golpes de llamada, dados en las puertas de los zaguanes, que eran abiertos y vueltos á cerrar con temerosa precaución. Todas esas gentes, que parecían huír las unas de las otras, iban cuidadosamente embozadas y conducían pequeños bultos, cual si fueran á emprender algún corto viaje. De vez en cuando podía sorprenderse un tierno beso de despedida, un sollozo irreprimible, unas cuantas palabras del principio ó fin de una oración angustiada.

Sabíase que en la tarde de aquel día, por más señas consagrado por la Iglesia á la festividad del Corpus, los Grales. D. Miguel Piña, D. Carlos Palafox y D. Manuel Díaz de la Vega, representantes del Jefe de la Plaza D. Ramón Tavera, habían firmado en Chapultepec, con el Gral. D. Ignacio Alatorre, delegado por el Jefe sitiador D. Porfirio Díaz, un convenio de cesación de hostilidades, respecto de vidas é intereses, y entrega de la ciudad por las tropas imperiales, que se acuartelarían en la Ciudadela, en San Pedro y San Pablo y en PalacioSabíase también que en muchas granadas huecas, disparadas por los sitiadores aquella tarde, durante el fuego de cañón que á modo de salva hicieron en toda su línea, habían llegado copias de un parte de Querétaro, en que se comunicaba haber sido fusilados, á las siete de la mañana del anterior día 19, en el cerro de las Campanas, el Emperador Maximiliano y sus Grales. D. Miguel Miramón y D. Tomás Mejía, si bien, á decir verdad, la mayoría de las personas que de ello hablaban, lo creían falso de toda falsedad y sólo un ardid de guerra para desmoralizar á los sitiados.

—¿Cómo es creíble — observaban,— que los republicanos, que sólo son fuertes porque la cobarde Francia ha traicionado al Imperio, retirándose ante las amenazas de los Estados Unidos del Norte y entregando á los cabecillas juaristas las plazas que se habían comprometido á guarnecer, se hayan atrevido á fusilar á un Príncipe Real, al que pronto vengaría toda Europa cayendo sobre México con la inmensidad de su poderío?

Realmente, á los cándidos partidarios de las ideas monarquistas, debía parecer increíble que los hombres de la República hubieran osado dar tan terrible prueba de su inflexible voluntad de salvar de una vez los obstáculos é impedimentos que hasta allí se habían opuesto al definitivo planteamiento del sistema liberal. Pero fuese ó no fuese cierto lo de la muerte violenta del Emperador, era innegable que su Lugarteniente, el Gral. D. Leonardo Márquez, entregaba la plaza de México al Jefe republicano, que la tenía sitiada casi desde el 11 de Abril, y por sí ó por no, bueno era evadirse á los saqueos y persecuciones á que sin duda iban á entregarse las tropas victoriosas. A estos temores y precauciones obedecía aquel ir y venir de gentes, á que hice referencia en las primeras líneas de este capítulo.

Yo, que con ese delicioso desconocimiento del peligro que distingue á la juventud, habíame negado á dejar la Capital durante los setenta días del sitio; fuí de los que no durmieron esa noche del 20 de Junio en su casa, no porque personalmente tuviese nada que temer de los liberales, sino por lo que acontecer pudiese por el hecho de que en ella moraba también una digna y virtuosa señora que, después de haber merecido honoríficas distinciones de la ya infortunada Emperatriz Carlota, vivía modesta y pobremente con el producto de las pensiones que se le satisfacían por la educación de señoritas de distinguidas familias, para las que en dicha casa había abierto un colegio pocos meses antes.

No quiero por esto decir que yo temiera que los liberales se ensañaran contra una dama tan respetable y llena de virtudes y de méritos femeniles; sin duda tampoco lo temía ella, y, no obstante, también dejó por esa noche su casa.

Nuestra conducta se explica con el hecho de que allí, en la espaciosa sala, habían venido verificándose diarias tertulias, á que concurrían altos funcionarios de la administración imperial. Allí conocí al terrífico lugarteniente del Archiduque, con su espantosa cicatriz mal disimulada en parte, por la áspera barba entrecana. Me refiero al Gral. D. Leonardo Márquez. Aun me parece verle serio y reservado, como en guardia contra toda manifestación, siquiera fuese inconsciente, de espanto ó de horror que pudiera inspirar su fama de cruel guerrero, y, á la vez, extremadamente afable, franco y comunicativo para con todo aquel que, ignorante de sus hechos ó fingiendo ignorarlos, sin tocar asuntos políticos, buscaba en su conversación social esparcimiento. Era un bueno y animado conversador, muy instruído, muy perspicaz y muy exacto en sus juicios y en sus críticas. Por lo regular, permanecía corto rato en las tertulias susodichas, y si por acaso, y el acaso era comunísimo, pues la Capital estaba sitiada, percibía, por lejano que fuese, un disparo ó un toque de corneta, suspendía toda conversación y se retiraba sin despedirse en particular de nadie, haciendo brillar en sus ojos una mirada indefinible de esperanza y de desaliento, mirada propia del militar entero y valeroso que se ve cercado y sabe que le es imposible romper el cerco. Ni éste es lugar para juzgarle, ni yo me estimo apto para ello, y sólo puedo decir que más de una vez me infundió respeto y compasión la desventura de aquel hombre, viva efigie del caudillo de fratricidas guerras, casi por igual aborrecido de los conservadores y de los liberales, y agradable y simpático en su trato, siempre que podía descargarse del peso de su personalidad política en un círculo indiferente á ella.

Por fortuna, todo sucedió muy á la inversa de lo que se temía. A las seis de la mañana del viernes 21, los cohetes y repiques anunciaron que el ejército liberal, tomaba posesión de la ciudad, sin que ocurriese ni el más mínimo desagradable incidente; el sistema imperial era un verdadero cadáver, é indignidad hubiese sido insultarle cuando aun estaba insepulto. Los republicanos no cometieron esa indignidad. El orden perfecto, la prudencia caballerosa, la moderación en porte y en palabras, que, sin hacer gala de ello, mostraron los vencedores en esos instantes solemnísimos, honrará siempre al ilustre Gral. en Jefe D. Porfirio Díaz.

La población, contenta y satisfecha con aquel otorgamiento de garantías, abrió poco á poco ventanas, balcones y puertas, y fué de ver cómo á lo largo de las calles se estableció un activísimo comercio de toda especie de comestibles, que á exagerados precios realizaban los

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