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que principiase el de abril, cuyos sucesos, por tantos, tan grandes y varios, son dignos tambien de memoria eterna.

El señor don Fernando continuó su viage por la costa de Cataluña ácia Tortosa casi sin perder jornada. Se creyó que viendo la fermentación y division de partidos que habia, apresuraria su venida á esta Corte para ver si con su presencia conseguia calmarlos. Mas sea por los informes que le dieron, ó porque tuviese hecho voto formal de visitar antes' el santuario de la virgen del Pilar de Zaragoza , se dirigió el Ebro arriba á tan heróyca ciudad. Llegó á élla cabalmente en la Semana santa, á cuyos divinos y misteriosos oficios asistió sin interrupcion con el señor infante don

Carlos en ambas catedrales con una devocion y modestia que á á todos causó admiracion. Y si en los demas pueblos y ciudades del tránsito habia sido reconocido y obsequiado con los mas cordiales a plausos y festejos, lo fue aun con mayor en aquella heróyca ciudad, por estar ademas en ella su antiguo general el insigne don Josef Palafox.

Las tropas que habia en aqueIla ciudad y sus cercanías, como todos los paisanos, reconocieron y prestaron obediencia al señor don Fernando, sin contar en nada con las Córtes, sus decretos y, Constitucion. Y aun añadian que en caso de no pensar del mismo modo los de Madrid , vendrian éllos á hacérselo reconocer. Estas circunstancias ya debieron hacer

entrar en cuentas á los liberales, y los de las Cortes para no pensar en llevar á efecto con todo rigor la execucion del decreto de 2 de febrero. No obstante, sucedió al contrario, y nunca se obstinaron mas. Hacíase esto tanto mas sensible, quanto el señor don Fer: nando no solo estaba libre entera. mente de las manos y tiranía de Napoleon, sino que las cosas de este perfido emperador cada dia iban ó estaban en peor estado, por manera que ya no se dudaba quedaria destronado, ó al menos sin que pudiese dar: recelo. Pues algunos que vinieron entonces de á. cia Bayona y otros pueblos inmediatos, dixeron que la Francia le aborrecia cada dia mas: que no podia sacar la conscripcion por mas esfuerzos que hacia: y en fin,

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que

habiendo reconocido la Olanda por su soberano al príncipe de Orange, apenas le quedaban recursos ni plazas para sostenerse por mucho tiempo.

Y con efecto no tardó en ve. rificarse todo esto. Porque los exércitos austriacos y rusos, después de las batallas de Troyes 6 sus inmediaciones, siguieron avanzando casi sin contradiccion hasta las cercanías de París. Aquí acabaron de echar el resto los magnates y secuaces de Napoleon, incluso el intruso Josef, que de todo su rey de España é Indias se daba entonces por muy satisfecho con ser gobernador de aquella tan populosa Corte. Dióse por fin la batalla a fines de marzo á la que ayudaron las guardias cívicas ó nacionales. Y como éstas, y los

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restos del exército habian tomado posicion ventajosa sobre unas colinas ó montecillo poco distantes de París, los aliados tuvieron que pelear obstinadamente para des alojarlos y vencerlos. Mas al fin, y por nuestra dicha lo consiguieron, aunque con bastante pérdida. Y quedando ya descubierto Pa. rís, porque Napoleon estaba con el otro exército á contener los otros aliados ácia el Marne, y no habien, do hecho aquella Corte la defensa que creia y esperaba aquel Tirano, у sí una honrosa capitulacion, entraron en París los exércitos alia dos, y á su frente los emperadoros de Rusia

y
Austria, y

el

rey de Prusia. ¿Quien le diria á Napoleon seis años antes, quando con fuerzas tan superiores emprendió la injusta y temeraria usurpacion

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